Como las personas, las sociedades y los países portan en sus historias Surcos Profundos.
Latinoamérica es un ejemplo de ellos, con sus venas abiertas, sangra por históricas heridas. Afanes y avaricias que dan paso a opresiones, esclavitudes, reacciones y represiones, cada cual más cruenta. Historias de Caínes y Abeles que se repiten cíclicamente.
La Argentina en el último medio siglo sufrió, dejando mutiladas a muchas familias.
Tras la lucha desesperada entre la búsqueda de verdad y justicia contra el olvido cómplice, hoy, la Nación respira habiendo alcanzado en madurez nuevos niveles de luz y claridad.
Solo un pueblo que sana sus heridas puede edificar un futuro feliz de paz y justicia. Ello no se logra con el olvido, porque la infección carcome por dentro hasta llegar al hueso. Cuando la herida se limpia y se cura con divinos óleos de justicia, sana para siempre.

Carmen contaba solo con 5 años cuando, en el espacio de dos días, perdió a su mamá y papá, allá por 1931. Cobijada por el amor de la familia, creció y formó su hogar con Juan, un hijo de andaluces maravilloso. Sus hijos, Norma y Juan Carlos, llenaron de felicidad sus vidas, hasta que en el cruel invierno de 1977, un comando del Ejército Argentino se llevó de su casa a Juan Carlos, quien nunca más volvió a aparecer.
La desesperación, la búsqueda, el nacimiento de Madres de Plaza de Mayo y el dolor inenarrable, hasta el encuentro con quien sanó sus heridas y la llenó de paz, narra la poesía Algo para recordar, que Norma le regaló en su cumpleaños número 80, cuyas últimas estrofas dicen:

Compañera, solidaria, como se dice ahora, “jugada”, sin doblez,
valiente, reposada, la escucha, la mirada… la palabra, después.
¿Tu vida? Tu familia, tu marido, tus hijos, los hermanos, la casa, el hogar…
que cuidabas con celo, que adornabas con gracia,
y donde siempre, siempre, queremos regresar.

Y un día el arrebato, se llevó de tu lado la mitad de tu amor.
Gastándote en las calles, gritos desesperados, desgarrante dolor.
Cuerpo pequeño, coraje grande, voz con ronquera,
tu amor peleaste, calle por calle, no te callaste,
ni ante las botas, ni ante el matón.

Y creciste mamita y te hiciste más grande.
Entre miedos y broncas, desconsuelo, impotencia,
el amor por tu hijo, todo, todo cubrió.
No creyendo ya en nada, no teniendo más puertas,
el odio nos ahogaba, pero algo ocurrió…

Dios te estaba buscando, te recogió en sus brazos,
te guardó de peligros, cicatrizó con su óleo tu herido corazón.
Te habló de su justicia, la que es insobornable,
te enseñó que Él podría, lo que no podías vos.

Y más allá de todo, rescató tu vida de tu muerte interior.

Y es la voz de tu hija la que lleva el relato,
con palabras brotadas desde su corazón,
una voz que a tu vida le agradece su vida,
una voz que a tu alma quiere abrazar por dos.


Anastasia Olabarrieta, con 11 años, escribió una poesía, fruto de las raíces de su hogar. Las historias de Ana y Mariano, sus padres, sintetizan la nuestra como país.
Uno de los abuelos –a quien Anastasia no conoció– fue brutal e inexplicablemente asesinado en 1976 por un comando guerrillero, dejando a seis hijos sin papá, entre ellos, a Mariano, quien tenía apenas 9 años.
Paralelamente, en esos mismos días, su abuelo materno era secuestrado por un comando de la Armada Argentina y arrancado cruelmente de su casa frente a sus hijos, entre ellos, Ana, quien también tenía 9 años.
Por haber cerrado una operación comercial exitosa, fue torturado con fines de robo y, aunque apareció con vida, jamás quiso hablar de lo vivido.
Ana y Mariano son dos personas que sufrieron en sus infancias heridas y dolores que Jesús sanó; ellos encontraron la paz y el amor que restaura, que les permitió criar a sus hijos con plena conciencia de la verdad, que no tolera ni acepta nada de lo sucedido, pero que perdona buscando transformación.
Aquel año 2007, al tocar en el colegio el tema de la Memoria del horror, Anastasia escribió aquella poesía con un final que es el mensaje clave para todo pueblo, individual y colectivamente:

Jesús es la esperanza, Él es el amor.
Él te cuida, siempre está con vos.
Lo llames o no lo llames, estés o no estés,
buscalo, porque en Él tenés que creer.
Mirá hacia adelante, no hacia atrás,
porque ahí tu futuro está.
Nunca dejes de mirar hacia adelante,
porque cosas buenas pasarán.


Carmen y Juan son los abuelos de Iván y Alexis Kalczynski integrantes de GH+BAND.
Ana y Mariano son los creativos de la producción gráfica de Surcos Profundos.
Todos son miembros del Centro Cristiano Nueva Vida.

Muy pronto, las historias ampliadas de las familias García-Conde y Olabarrieta-Volpe Lastra las podrás ver aquí.

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